Primero la música, luego se lee
Hay asuntos de la enseñanza musical que siempre son motivo de reflexión. Entre la selección de repertorio, el desarrollo de la técnica instrumental o vocal, las estrategias de entrega de conceptos o el desarrollo de la audioperceptiva, la decodificación de símbolos musicales es la tarea más reconocida como inseparable de los docentes de música. No es poco común que las expectativas tanto de los pares como de las autoridades educativas, además de los padres, estén atadas a que la efectividad de un buen educador musical música estriba en la capacidad de sus alumnos para leer partituras. Ciertamente, es una tarea entre las muchas que tiene que gestionar el docente. Sin embargo, las limitaciones en esta destreza no deben ser obstáculo en el desarrollo de una cultura musical plena. Existen instituciones y sistemas educativos en donde las actividades musicales son parte de su oferta académica en todos los años de estudio, pero la lectoescritura musical no constituye una característica primordial de sus currículos. La clase de música discurre entre actividades relacionadas con el reconocimiento auditivo de los sonidos desde contextos como la música, la danza, la participación instrumental o vocal sin partituras y la eco-acústica, la composición, entre otras. Por otro lado, existen sistemas codificados de música en países como China, Japón, Corea, India y Grecia que comparten su espacio de instrucción con el conjunto de símbolos que el pentagrama trasplantó a nuestras culturas a través de la globalización promovida por la colonización europea. Entonces, ¿quién o qué establece las urgencias de aprender a leer música? Solo el enseñante lo determinará.
Detrás de las blancas, negras y corcheas existe un mundo de aspectos a considerar antes del mero dibujo de estos códigos. Inicialmente se debe tener la capacidad de discriminar auditivamente y luego tener la necesidad de la representación gráfica de estos elementos sonoros. Por ejemplo, escuchar sonidos definidos e indefinidos, imitar en el carácter agudo o grave, distanciar los que se denominan notas musicales y proponer un nuevo orden de exposición hasta identificar racionalmente su dirección (ascendentes o descendentes). En todas las secuencias antes mencionadas se pueden hacer grafías representativas o analógicas consientes de que lo más común será acordar que el pentagrama de cinco líneas y cuatro espacios será el marco final donde se asentará el “do re mi fa sol”.
Una vez establecido este plano general para el esquema de los ritmos, las melodías y las armonías se establece la clave (sol, fa o do) como la organizadora primordial, sin clave el pentagrama solo es un grupo de líneas horizontales. En esta etapa se presenta el todo y después se distribuirán las partes. Es importante establecer que el orden de la construcción del pentagrama es ascendente y que los espacios son las franjas divididas por las líneas. Parecería muy obvio este detalle, pero la experiencia me ha confirmado en muchas ocasiones que a veces la carencia de esta información obstaculiza el desarrollo posterior de la lectura musical de algunos alumnos. De igual forma, no se puede obviar que el tránsito lector es de izquierda a derecha y que una vez se llegue al final del pentagrama se salta al otro inferior desde el inicio hasta culminar en la doble barra. Hay que tomar en cuenta que, así como en países de medio oriente se escribe de derecha a izquierda y en otros del oriente próximo existen escrituras en las que se viaja de arriba hacia abajo, alertar a los alumnos sobre este punto no sería perdida. Al mismo tiempo, no se puede presumir que las líneas verticales que se entrecruzan definen automáticamente la división de compases.
Una vez esta información esté aprestada empiezan a sonar el quinteto de líneas. Primero el sonido de los patrones rítmicos y como consecuencia su escritura, lo mismo con las melodías enmarcadas dentro de sus respectivas armonías. Para ser consistentes con los principios gestálticos (psicología Gestalt) de educación musical, la interacción de los símbolos y sus significados de reacción deben emplearse desde lo particular a lo general o a la inversa dependiendo del contexto donde se esté desenvolviendo la clase. Es decir, contar con las opciones de presentar los símbolos aislados y luego en el marco del pentagrama o solo en una línea de percusión al principio o en secuencias alternas. De igual forma las alturas de las notas representadas en el pentagrama deben ser cantadas antes de observarlas escritas. Sin duda, cada situación amerita faenas diferentes de enseñanza. Debo enfatizar que todo lo representado en el pentagrama debe llevar sentido, arte y pensamiento musical. No es conveniente reducir esta experiencia a estructuras aritméticas. Termino con la provocación pedagógica; ¿El pentagrama con clave de sol suena igual que con clave de fa?